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Daniel
Forte y el caleidoscopio de lo invisible:
“Cierra
los ojos y mira...”
Ulises, J. Joyce
La
obra caleidoscópica de Daniel Forte trasunta las miradas
simultáneas de un vidente y de un niño. Aúna
el trance y el juego, el viaje astral y la fantasía infantil.
Sin negar la apariencia fenómenica de objetos y de sujetos,
descubre y delata, con mezcla de picardía y de inocencia,
la presencia de “otros seres” de contornos diáfanos
que pueblan el aire. Podemos bautizarlos de mil modos: ángeles,
demonios, entes, visiones, aparecidos, dobles etéricos, poltergeists,
espectros, emanaciones, hollow-men, sueños, formaciones mentales...
lo cierto es que están allí y Forte los percibe y
los captura con la candidez cruel del cazador de mariposas: seres
alados, volátiles, flotantes, flameantes lumínicos,
oníricos, semihumanos, femeninos, felinos, caninos, equinos.
Seres que se entremezclan en nuestro mundo, irradiando un “aura”
capaz de ondular el damero de un piso, ó de abrir un portal
de puro resplandor, ó de catapultar al cielo un barrilete.
Se manifiestan amistosos y abiertos al llamado del pintor. Una sola
condición le imponen y Forte se aviene sin protestar -: la
condición ineluctable, totalitaria del color. Porque el color
en la obra de Daniel Forte, no es ni cosmética, ni ornamento,
ni episodio formal: es algo más, es mucho más. Es
el conjuro - “carmina” dirían los romanos -,
el “medium” revelador de lo invisible. De ahí
que el “color”, en Forte, se transforme en “furor”.
Un furor que atrae, imanta, impele, ilumina, reviste, transporta,
salpica, roza, golpea, envuelve, encandila, deslumbra, desborda,
construye, engulle, domina, sacude, arrebata y posee al que pinta
y al que contempla. ¿Y para qué? Para que la mirada
de Daniel Forte, - medio infantil, medio vidente revele ante nosotros
tan adultos, tan ciegos los universos multicolores que titilan detrás
del paisaje gris de la cotidianeidad.
Oscar Andrés De Masi
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